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martes 3 de enero de 2012

De la Plaza Roja a Tian'anmen (XXI)

Poesía... / Poesia...

...y crueldad en Pekín / ...i crueltat a Pekin

Viendo pasar la vida / Veient passar la vida

Bodegón nocturno / Bodegó nocturne

De guardia ante la Ciudad Prohibida / De guàrdia davant la Ciutat Prohibida

(XXI)    Algo más que una Ciudad Prohibida.

¡No quiero ver más templos! Estoy harto. Y así lo comparto con mis compañeros. Pekín no son solo grandes edificaciones y me apetece, y mucho, callejear por los hutong. Quiero conocer, aún de forma superficial, la vida que emanan. Están conmigo y decidimos dedicar la mañana a ello. En la tarde, y como cierre a nuestro periplo, conoceremos el popular Mercado de la Seda.
Paseamos por los hutong. No internamos en sus angostas callejuelas. Respiramos su vida, nos adaptamos a su ritmo. Vivimos un Pekín muy alejado del de los hombres de negocios, de ese que es puntero en la economía de este siglo XXI. Lanzamos fotos a las callejas. A sus gentes. A sus costumbres. En una de estas, una anciana, que sentada frente a la puerta de su casa parlotea con sus vecinos, se me queda mirando. Sonrío e inclino levemente la cabeza. Otra sonrisa se dibuja en su desdentada boca. Me corresponde con otro gesto similar al mío. Sin saber como, sin usar una sola palabra, dos mundos, dos generaciones, han entrado en contacto de forma imperceptible pero muy intensa. Solo una sonrisa y un gesto han sido suficientes. Ella entiende cuanto aprecio ese instante de su mundo. Yo comprendo lo orgullosa que esta mujer se siente de su forma de vida.     
Es mediodía y, en uno de los afamados restaurantes que en Pekín lo preparan, comemos pato laqueado. Todo es excesivamente turístico pero no dejo de reconocer que el manjar merece su fama. A la salida, y antes de encaminarnos hacia el Mercado de la Seda, pido visitar el antiguo barrio de las legaciones ubicado muy cerca de Tian’anmen. Mis compañeros, amables, acceden a mi capricho. Todos compartimos decepción ante un lugar que el cine inmortalizó en aquella versión de la rebelión de los Boxers titulada “55 días en Pekín”. Nada recuerda los escenarios de aquella película, escenarios que por cierto se recrearon cerca de Madrid, en los estudios de Samuel Bronston. El barrio es ahora uno más de los que ocupan el centro de Pekín pero con escaso encanto y solo las guías te permiten reconocer la ubicación de cada una de las embajadas y lugares claves de aquel enfrentamiento.
Tras pasar los pertinentes controles, tomamos el metro. Nos deja en el interior mismo del Mercado de la Seda. Contra lo que mi imaginación ha construido, este mercado no es más que un gigantesco centro comercial, en el que miles de productos de agolpan por doquier. Apenas ponemos pie fuera del vagón, menudas muchachas intentan arrastrarnos al interior de los habitáculos en lo que están empleadas. Pronto nuestros brazos, hombros, piernas, están cubierto de todo tipo de prendas. Nos escabullimos de entre aquella nube de pirañas para caer en la siguiente. Nos ofrecen absolutamente todo tipo de productos. Como una de las finalidades de la visita es esa misma, decidimos comenzar el regateo alrededor de los suvenires que pueden interesarnos. Pablo me pide ayuda. Haremos el número “poli bueno, poli malo”. Él establecerá el precio que quiere pagar y yo negociaré hasta llegar a él. Al poco rato nos damos cuenta del absurdo de todo aquello. Después de eternas peleas con aquellas dulces muchachas que se transfiguran en verdaderos diablos apenas el dinero aparece en la conversación, descubrimos que por cada precio fabuloso que conseguimos, hay alguien que está dispuesta a bajarlo  aún más. Después de haber salido sin rasguños del zoco de Estambul, de la Medina de Marrakech, de la zona de tenderetes de Old Delhi, de mil y un lugar más, siento que todos son aficionados al lado de estas delicadas jovencitas. Después de cerca de cinco horas de deambular por su interior, y cargados de tejanos Calvin Klein, de camisas La Martina, de relojes Cartier, de bolsos Carolina Herrera y de mil y un objeto inútil más, salimos sanos y salvos de aquella cámara de los horrores.        
Cenamos esa noche en la misma calle. En algunos puntos de los hutong, carricoches con planchas añadidas, ofrecen pinchos de todo tipo y precios muchísimo más asequibles que los sufridos en días anteriores. Compramos cervezas en el propio albergue, y sentados en el suelo, cerveza va, pincho viene, vemos desfilar ante nuestros ojos a la desenfadada juventud pequinesa.
Son las seis de la madrugada. El día es luminoso. Las nubes se recortan de forma maravillosa sobre el intenso azul. Un día magnífico para lanzar fotografías. No está mal que sea hoy, el día de nuestra partida. Así siempre tendremos excusa ante la escasa calidad de las instantáneas tomadas en los días anteriores. Cargados con mochilas y bolsas, nos dirigimos al taxi que espera. Hemos pactado un precio hasta el aeropuerto para evitarnos nuevas sorpresas. Recorremos Pekín desde prácticamente el centro hasta el aeropuerto. Apenas abandonados los hutong, los rascacielos nos envuelven ofreciéndonos la sensación de haber entrado en otra ciudad muy distinta a la recorrida en días anteriores. El frenesí con que la gente se desplaza de un sitio a otro, teléfono en una mano, cartera en la otra, nos ofrece la sensación de que en un mismo espacio coexisten distintas dimensiones con ritmos vitales bien diferenciados. Dos ciudades absolutamente independientes en su funcionamiento cuyo nexo de unión es la presencia de muchos de los habitantes de Beijing en las noches de Pekín.
El aeropuerto es enorme pero encontramos pronto nuestro mostrador. Antes precintamos mochilas – previo pago de una cantidad desorbitada para la vida del país –, mochilas de las que pronto nos despedimos hasta el mismo Madrid.
Después de diversas bromas acerca del atractivo del “Marqués” y del furor que ha causado su paso por Asia, esperamos pacientes la salida del vuelo. Volamos hasta Moscú con menor aburrimiento del previsto. Las diez horas transcurren con celeridad entre películas en inglés, lecturas en castellano y bromas internas en cualquier idioma. Ya en Moscú, pillamos nuestro primer retraso. El temporal impide salir el vuelo a la hora prevista. Paseamos inquietos por el aeropuerto. Seguimos comprando suvenires y despidiéndonos de las cervezas rusas, las mejores de todo el viaje. En uno de los paseos, reencuentro a los dos viajeros con los que, en mi viaje de ida, compartí vuelo. Nos contamos las anécdotas más jugosas del viaje. Si el nuestro ha sido fascinante, el de ellos no queda atrás. Finalmente embarcamos. En el vuelo a Madrid ya pesan las horas en pie. El cambio horario nos desembarca en Madrid a la una de la madrugada, pero para nosotros son ya más de veinticuatro horas las que llevamos en marcha.
Un taxi nos lleva hasta la casa de Pablo. Pequeña, coqueta y muy cómoda, nos parece el paraíso de los musulmanes. Tardamos en acostarnos, hay mucho que contar y Pablo quiere quedarse las fotos ya. Mientras el ordenador copia las imágenes, chips, tequila José Cuervo y música suave, acompañan nuestra última velada. Ya es muy tarde cuando nos dormimos y en apenas tres horas estamos de nuevo en pie. El tren sale temprano y, a mediodía, esperamos estar en casa. Después de veintitrés días por el mundo y de no haber perdido ni un solo de los enlaces previstos, ya nada parece que va a separarnos de casa… pero el destino suele ser bromista. Una vez descendidos del tren en Alicante, el coche de Dani se niega a arrancar. Después de haber recorrido más de treinta mil kilómetros en los más variopintos medios de transporte, estamos varados a apenas medio centenar de kilómetros de destino.