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(XXI) Algo más que una Ciudad Prohibida.
¡No quiero ver más templos!
Estoy harto. Y así lo comparto con mis compañeros. Pekín no son solo grandes
edificaciones y me apetece, y mucho, callejear por los hutong. Quiero conocer,
aún de forma superficial, la vida que emanan. Están conmigo y decidimos dedicar
la mañana a ello. En la tarde, y como cierre a nuestro periplo, conoceremos el
popular Mercado de la Seda.
Paseamos por los hutong. No
internamos en sus angostas callejuelas. Respiramos su vida, nos adaptamos a su
ritmo. Vivimos un Pekín muy alejado del de los hombres de negocios, de ese que
es puntero en la economía de este siglo XXI. Lanzamos fotos a las callejas. A
sus gentes. A sus costumbres. En una de estas, una anciana, que sentada frente
a la puerta de su casa parlotea con sus vecinos, se me queda mirando. Sonrío e
inclino levemente la cabeza. Otra sonrisa se dibuja en su desdentada boca. Me
corresponde con otro gesto similar al mío. Sin saber como, sin usar una sola
palabra, dos mundos, dos generaciones, han entrado en contacto de forma imperceptible
pero muy intensa. Solo una sonrisa y un gesto han sido suficientes. Ella
entiende cuanto aprecio ese instante de su mundo. Yo comprendo lo orgullosa que
esta mujer se siente de su forma de vida.
Es mediodía y, en uno de los
afamados restaurantes que en Pekín lo preparan, comemos pato laqueado. Todo es
excesivamente turístico pero no dejo de reconocer que el manjar merece su fama.
A la salida, y antes de encaminarnos hacia el Mercado de la Seda, pido visitar
el antiguo barrio de las legaciones ubicado muy cerca de Tian’anmen. Mis
compañeros, amables, acceden a mi capricho. Todos compartimos decepción ante un
lugar que el cine inmortalizó en aquella versión de la rebelión de los Boxers
titulada “55 días en Pekín”. Nada recuerda los escenarios de aquella película,
escenarios que por cierto se recrearon cerca de Madrid, en los estudios de
Samuel Bronston. El barrio es ahora uno más de los que ocupan el centro de
Pekín pero con escaso encanto y solo las guías te permiten reconocer la
ubicación de cada una de las embajadas y lugares claves de aquel enfrentamiento.
Tras pasar los pertinentes
controles, tomamos el metro. Nos deja en el interior mismo del Mercado de la
Seda. Contra lo que mi imaginación ha construido, este mercado no es más que un
gigantesco centro comercial, en el que miles de productos de agolpan por
doquier. Apenas ponemos pie fuera del vagón, menudas muchachas intentan arrastrarnos
al interior de los habitáculos en lo que están empleadas. Pronto nuestros
brazos, hombros, piernas, están cubierto de todo tipo de prendas. Nos
escabullimos de entre aquella nube de pirañas para caer en la siguiente. Nos
ofrecen absolutamente todo tipo de productos. Como una de las finalidades de la
visita es esa misma, decidimos comenzar el regateo alrededor de los suvenires
que pueden interesarnos. Pablo me pide ayuda. Haremos el número “poli bueno,
poli malo”. Él establecerá el precio que quiere pagar y yo negociaré hasta
llegar a él. Al poco rato nos damos cuenta del absurdo de todo aquello. Después
de eternas peleas con aquellas dulces muchachas que se transfiguran en
verdaderos diablos apenas el dinero aparece en la conversación, descubrimos que
por cada precio fabuloso que conseguimos, hay alguien que está dispuesta a
bajarlo aún más. Después de haber salido
sin rasguños del zoco de Estambul, de la Medina de Marrakech, de la zona de
tenderetes de Old Delhi, de mil y un lugar más, siento que todos son aficionados
al lado de estas delicadas jovencitas. Después de cerca de cinco horas de
deambular por su interior, y cargados de tejanos Calvin Klein, de camisas La
Martina, de relojes Cartier, de bolsos Carolina Herrera y de mil y un objeto
inútil más, salimos sanos y salvos de aquella cámara de los horrores.
Cenamos esa noche en la misma
calle. En algunos puntos de los hutong, carricoches con planchas añadidas, ofrecen
pinchos de todo tipo y precios muchísimo más asequibles que los sufridos en días
anteriores. Compramos cervezas en el propio albergue, y sentados en el suelo,
cerveza va, pincho viene, vemos desfilar ante nuestros ojos a la desenfadada juventud
pequinesa.
Son las seis de la
madrugada. El día es luminoso. Las nubes se recortan de forma maravillosa sobre
el intenso azul. Un día magnífico para lanzar fotografías. No está mal que sea
hoy, el día de nuestra partida. Así siempre tendremos excusa ante la escasa
calidad de las instantáneas tomadas en los días anteriores. Cargados con
mochilas y bolsas, nos dirigimos al taxi que espera. Hemos pactado un precio
hasta el aeropuerto para evitarnos nuevas sorpresas. Recorremos Pekín desde
prácticamente el centro hasta el aeropuerto. Apenas abandonados los hutong, los
rascacielos nos envuelven ofreciéndonos la sensación de haber entrado en otra ciudad
muy distinta a la recorrida en días anteriores. El frenesí con que la gente se
desplaza de un sitio a otro, teléfono en una mano, cartera en la otra, nos
ofrece la sensación de que en un mismo espacio coexisten distintas dimensiones
con ritmos vitales bien diferenciados. Dos ciudades absolutamente
independientes en su funcionamiento cuyo nexo de unión es la presencia de
muchos de los habitantes de Beijing en las noches de Pekín.
El aeropuerto es enorme pero
encontramos pronto nuestro mostrador. Antes precintamos mochilas – previo pago
de una cantidad desorbitada para la vida del país –, mochilas de las que pronto
nos despedimos hasta el mismo Madrid.
Después de diversas bromas
acerca del atractivo del “Marqués” y del furor que ha causado su paso por Asia,
esperamos pacientes la salida del vuelo. Volamos hasta Moscú con menor
aburrimiento del previsto. Las diez horas transcurren con celeridad entre
películas en inglés, lecturas en castellano y bromas internas en cualquier
idioma. Ya en Moscú, pillamos nuestro primer retraso. El temporal impide salir
el vuelo a la hora prevista. Paseamos inquietos por el aeropuerto. Seguimos
comprando suvenires y despidiéndonos de las cervezas rusas, las mejores de todo
el viaje. En uno de los paseos, reencuentro a los dos viajeros con los que, en
mi viaje de ida, compartí vuelo. Nos contamos las anécdotas más jugosas del
viaje. Si el nuestro ha sido fascinante, el de ellos no queda atrás. Finalmente
embarcamos. En el vuelo a Madrid ya pesan las horas en pie. El cambio horario
nos desembarca en Madrid a la una de la madrugada, pero para nosotros son ya
más de veinticuatro horas las que llevamos en marcha.
Un taxi nos lleva hasta la
casa de Pablo. Pequeña, coqueta y muy cómoda, nos parece el paraíso de los
musulmanes. Tardamos en acostarnos, hay mucho que contar y Pablo quiere
quedarse las fotos ya. Mientras el ordenador copia las imágenes, chips, tequila
José Cuervo y música suave, acompañan nuestra última velada. Ya es muy tarde
cuando nos dormimos y en apenas tres horas estamos de nuevo en pie. El tren
sale temprano y, a mediodía, esperamos estar en casa. Después de veintitrés
días por el mundo y de no haber perdido ni un solo de los enlaces previstos, ya
nada parece que va a separarnos de casa… pero el destino suele ser bromista. Una
vez descendidos del tren en Alicante, el coche de Dani se niega a arrancar. Después
de haber recorrido más de treinta mil kilómetros en los más variopintos medios
de transporte, estamos varados a apenas medio centenar de kilómetros de destino.






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